Una reciente encuesta sobre el grado de felicidad que abarcó 150 países arrojó que la percepción de actos corruptos constituye en el caso de la Argentina “un freno estructural primordial al bienestar”. Pero no son decisivos en los comicios.
Por Sergio Rubin para TN
La corrupción tiene una larga historia en el país que atravesó dictaduras y gobiernos democráticos. En las últimas décadas, durante la presidencia de Carlos Menem, y especialmente de Néstor y Cristina Kirchner, los casos fueron escandalosos hasta por su visualización. Bolsos repletos de dólares que terminaban en el departamento de Buenos Aires del matrimonio presidencial o en la mismísima residencia de Olivos o que eran revoleados en un convento flojo de papeles o que atoraban un vestidor de una mansión en un country del gran Buenos Aires.
Para colmo, el grado de impunidad es altísimo. Se calcula que más del 95% de las causas terminan en la nada, entre otras cosas porque por una serie de argucias legales y/o el cajoneo de determinados magistrados, terminan prescribiendo. Por no hablar de la voladura de la Fábrica Militar de Río Tercero, en los ’90, que la justicia determinó que fue provocada para ocultar pruebas del tráfico de armas a Croacia y Ecuador causando la muerte de siete personas, heridas a 300 personas y daños materiales reconocidos a 10.000 vecinos.
Habría que sumar una extensa lista de decisiones judiciales ocurridas a lo largo de los años que, cuanto menos, generan suspicacias. La última la acaba de protagonizar el juez Marcelo Martínez de Giorgi. En medio del Mundial de Fútbol accedió al pedido de Mauricio Novelli, uno de los imputados en el caso Libra -las maniobras con criptomonedas que involucran al actual presidente- de apartar a cinco querellantes damnificados, quitando quizá de modo definitivo la espada de Damocles que pendía sobre Javier Milei.
El paso del tiempo permitió dos comprobaciones. La primera: que la corrupción mata como se demostró en la llamada Tragedia de Once, cuando en 2012 una formación de trenes de la línea Sarmiento no logró frenar en la estación terminal porteña y chocó contra el paragolpes del andén dejando un saldo de 57 víctimas fatales. Aunque en este caso fueron condenadas 21 personas, entre ellas el exministro de Planificación Federal, Julio De Vido, y los exministros de Transporte Ricardo Jaime y Juan Pablo Schiavi.

La segunda comprobación es que, como lo certifican los estudiosos de la opinión pública, los escándalos de corrupción en un gobierno no impiden que vuelva a ser votado y hasta reelegido. Lo que realmente cuenta para la mayoría de la población es la marcha de la economía. Contaba un encuestador del interior del país que, en el peor momento de Manuel Adorni, en los sondeos de opinión la gente no decía estar preocupada por la continuidad o no del ahora exjefe de Gabinete, sino porque no llegaba a fin de mes.
Curiosamente, una porción importante de la ciudadanía no parece establecer una relación entre la corrupción y el desempeño de la economía. En el caso de la Argentina hay estimaciones estremecedoras sobre la pérdida de recursos debido no solo a coimas en la obra pública, sino también a maniobras financieras. A lo que hay que sumar la ineficiencia o directamente el incumplimiento de obras como en el caso del empresario kirchnerista Lázaro Báez que dejó muchas sin terminar.
No obstante, una reciente encuesta a nivel mundial determinó que los altos niveles de corrupción que sufren los argentinos termina afectando su ánimo. Al punto de provocar que seamos menos felices. El último informe del World Happiness Report sobre la satisfacción con la vida en 150 países, difundida esta semana por la socióloga argentina Marita Carballo en un artículo en el diario Clarín, detectó como “un freno estructural primordial del bienestar argentino la percepción de corrupción”.
Carballo dice que “a pesar de haber atravesado recurrentes crisis económicas, elevada inflación e incertidumbre respecto al futuro, la Argentina continúa ubicándose entre los países más felices del mundo”.
Según el informe, la Argentina ocupa el puesto 44 entre 147 países con un puntaje de 6,43 sobre 10 y en América Latina, el quinto lugar entre 20 países. ¿La razón? Principalmente, señala la socióloga, “el apoyo familiar y afectivo de amigos”. Aunque apunta que esta realidad empieza a mostrar señales de deterioro, sobre todo entre los jóvenes.
Pero advierte que “cuando las personas perciben que las reglas no se cumplen o que las instituciones funcionan de manera desigual, disminuye la confianza social y aumenta la frustración colectiva”. En ese sentido, señala que “en sociedades con alta corrupción (…) las personas tienden a confiar solo en el círculo íntimo y desconfían de todo lo que está afuera. Es exactamente -añade- el patrón argentino: vínculos familiares y de amistad fuertes coexistiendo con desconfianza generalizada hacia instituciones y extraños”.
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Una encuesta del Observatorio de la Deuda Social de la UCA que se conoció esta semana sumó otro parámetro de medición del ánimo de la gente: arrojó que tres de cada 10 personas de todos los sectores de la sociedad “sienten que no lograron lo importante en sus vidas”. Pero mientras en los hogares de nivel medio alto solo el 15% reporta metas no alcanzadas, entre los más vulnerables llegan al 50%. El mayor porcentaje de insatisfacción se da también entre los jóvenes y los de menor nivel educativo.
Así las cosas, el ser felices conlleva para los argentinos una serie de desafíos que van desde los lazos humanos a un mínimo de condiciones materiales, pero donde también la calidad de convivencia cívica es relevante. “La experiencia internacional deja una enseñanza clara”, dice Carballo. “Las sociedades más felices -explica- son aquellas capaces de combinar bienestar material, relaciones humanas significativas, confianza social, libertad e instituciones sólidas”.

La especialista destaca que “la Argentina conserva fortalezas valiosas, especialmente en la importancia que le asigna a los vínculos humanos, aunque diversas investigaciones muestran que estos lazos enfrentan hoy crecientes desafíos y requieren ser fortalecidos”. Se trata esta última de una realidad que debería inquietar de modo especial porque implica que se está deteriorando el principal capital que tiene el país y eleva el nivel de felicidad.
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Concluye que “para mejorar de manera sostenida el bienestar de su población, la Argentina deberá avanzar en aquellos aspectos donde muestra mayores déficit desde hace décadas: fortalecer la confianza, construir capital social y combatir la corrupción”.
Por lo tanto, no queda otra que no resignarnos y combatir con toda energía la corrupción -¡y la impunidad!- si queremos vivir mejor, si queremos ser un poco más felices.
