El desafío oficial apunta a modificar conductas arraigadas durante décadas y consolidar una economía con mayor estabilidad, previsibilidad y responsabilidad individual.
Por Miguel Ángel Rouco
Mientras la inflación entró en una meseta del 2% mensual, la actividad económica parece haber ingresado en un ciclo de altibajos signado por factores internos y externos.
Entre los primeros, un proceso político incierto que pone entre signos de pregunta la continuidad de Javier Milei en la Casa Rosada más allá de 2027.
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También la falta de relación directa entre la duración de los ciclos económicos y las urgencias de una gran parte de la sociedad que rápidamente parece perder la memoria.
No es fácil cambiar los hábitos de gran parte de la sociedad que creció y prohijó malos hábitos y costumbres, al amparo de una cultura inflacionaria.
El enorme desafío para Milei consiste en tratar de convencer a esos grupos sociales que los ciclos económicos llevan mucho más tiempo de desarrollo que las urgencias y/o los malos hábitos.
En otros términos, Milei no sólo tiene por delante resolver los enormes problemas económicos y financieros sino también una tarea docente para hacer entender a esos grupos sociales -ligados a lo peor de los sectores opositores-, que hace falta tiempo y esfuerzo para transformar a la Argentina en un país estable y previsible.
Lo que Milei llama “la batalla cultural” no es otra cosa que convencer a la gente que es necesario e inevitable cambiar esos malos hábitos y costumbres que nacieron y se criaron en un ambiente inflacionario.
La inflación tiene un enorme poder de seducción porque hace creer a la sociedad que tiene poder y dinero en el bolsillo y, sin embargo, sólo es una ilusión y un engaño. Por eso la casta política es la mejor amante de la inflación, mantiene cautiva a la sociedad y es fácil controlarla mediante mentiras y fraudes.
Cuando Milei pone de relieve que el problema de la morosidad en la cadena de pagos es un asunto entre privados, significa que, efectivamente, se deben cambiar los malos hábitos de endeudarse alegremente porque la inflación no se va a hacer cargo de esas deudas.
La inflación hace que esas deudas se diluyan o se solidaricen con el resto de la sociedad, al igual que los subsidios a las tarifas. Pero luego, el ajuste despiadado de la inflación se descarga sobre los bolsillos de las personas con ingresos fijos -trabajadores y jubilados-, provocando mayores bolsones de pobreza y miseria.
Ahora, sin el ajuste inflacionario, cada persona deberá hacerse cargo de sus propios gastos y consumos, sin que la inflación diluya, ilusoriamente, sus efectos.
Sin inflación, el ajuste es individual. Y esto es algo que las nuevas generaciones han adoptado como propio y no están dispuestas a perder.
Para el Gobierno la tarea para ganar la batalla cultural es ciclópea. De allí que la Casa Rosada deberá diseñar mecanismos de educación masiva para explicar hacia dónde va el Gobierno. En síntesis, más comunicación clara y simple y menos tonterías en las denominadas redes sociales donde la sociedad tiene escasísima participación.
Del otro lado, hay factores externos que influyen para que el proceso de recuperación luzca más lento e intrincado.
El Banco Central (BCRA) en su último informe monetario expresó que “el principal riesgo a futuro para la economía es la prolongación del conflicto en Medio Oriente. Este riesgo podría impactar en la economía argentina a través de una mayor debilidad de la demanda externa o condiciones financieras globales más restrictivas. Ante un nuevo episodio de tensión, podría desatarse una ola alzas de precios. A ello se añaden otras amenazas latentes: la implementación de nuevas barreras comerciales, el surgimiento de conflictos geopolíticos en otras regiones, el riesgo de correcciones abruptas en los mercados asociadas a las expectativas sobre la inteligencia artificial (IA), el posible contagio del estrés a los mercados de crédito privado, y las vulnerabilidades fiscales globales que, ante presiones de gasto y elevados niveles de deuda pública, podrían elevar los rendimientos soberanos y restringir el crédito internacional”.
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El informe detalla que los motores de la nueva economía argentina permitirán dinamizar y traccionar al resto de las actividades. El documento del BCRA da cuenta que “como consecuencia del impulso de los sectores primarios exportadores —como Agro, Petróleo, Gas y Minería metalífera—, se espera que en los próximos años se reactive la generación de puestos de trabajo formal a nivel nacional en sectores como industria, construcción e incluso comercio. La experiencia del desarrollo de Vaca Muerta en Neuquén muestra que la mayor parte del empleo derivado del crecimiento de los sectores primarios —en este caso, petróleo y gas— no se genera en empresas del propio sector, sino en el resto de la economía. Esto es resultado de las inversiones iniciales en construcción para desarrollar el sector, de la demanda de insumos intermedios provenientes en parte de la industria y de los sectores de servicios, y también de una mayor demanda de bienes y servicios por parte de los nuevos trabajadores”.
El reciente anuncio de YPF para un RIGI de unos US$50.000 millones no hace más que ratificar el enorme potencial que tendrá la Argentina a partir del año próximo, cuando empiece a funcionar a pleno el complejo exportador de gas natural licuado proveniente de Vaca Muerta y que le reportará al país unos US$20.000 millones anuales adicionales.
Esto despejará el horizonte para no depender del financiamiento externo cuando se deba hacer frente a la deuda generada por los gobiernos anteriores amantes del despilfarro y la inflación.
