El paralelismo que surge tras el acuerdo del régimen con Donald Trump.
Por Luciano Datsira para Newsweek Argentina
La tregua de dos semanas entre Estados Unidos, Irán e Israel no nació de un gesto de buena voluntad, sino de una situación límite. Durante días, la amenaza de una ofensiva masiva impulsada por Donald Trump estuvo sobre la mesa, con advertencias explícitas sobre ataques a infraestructura clave si Teherán no cedía.
En ese contexto, el cierre del Estrecho de Ormuz —por donde pasa cerca del 20% del petróleo mundial— terminó de empujar a todos los actores hacia una salida negociada. La presión internacional, el impacto en los mercados y el riesgo de una guerra regional total generaron un escenario donde sostener el conflicto era cada vez más costoso.
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El punto de inflexión llegó con un canal diplomático indirecto. Países como Pakistán, Egipto y Turquía actuaron como intermediarios, trasladando propuestas y contraofertas en tiempo real. Irán puso sobre la mesa un plan de diez puntos, mientras Estados Unidos endurecía públicamente su discurso, pero dejaba abierta una puerta a la negociación.
Ahí aparece la figura de Abás Araqchi, clave para destrabar el acuerdo. Fue quien tomó la responsabilidad de comunicar la apertura, aceptar condiciones incómodas y, sobre todo, enviar una señal de calma hacia afuera.
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Su rol no fue el de un “halcón”, sino el de un funcionario que tuvo que traducir presión militar en lenguaje diplomático para evitar una escalada mayor.
Y es en ese punto donde surge una comparación interesante: ¿Araqchi es el equivalente iraní de Delcy Rodríguez? En Venezuela, tras la captura de Nicolás Maduro, Rodríguez adoptó un perfil más pragmático, negociando con la Casa Blanca y buscando estabilizar la situación sin romper del todo con el poder interno. Incluso había dado señales de cooperación con Estados Unidos para evitar un colapso institucional.
Aunque ambos aparecen como figuras que “ponen la cara” en momentos críticos, bajan el tono y aceptan negociar bajo presión, también tiene límites claros. A diferencia del caso venezolano, donde hubo un reacomodamiento de poder tras la caída de Maduro, el régimen iraní sigue en pie.
Como Rodríguez en su momento, y tal como lo dio a entender ahora el canciller iraní, su papel no es cambiar el rumbo del régimen, sino ganar tiempo, ordenar la transición del conflicto y evitar que todo estalle.
