Cómo fueron los comienzos de Brigitte Bardot en el cine europeo hasta convertirse en un ícono de belleza y sensualidad

Fue idolatrada como una mujer libre, bella, sencilla, ingenua, descarada, gozosa y espontánea.

Brigitte Bardot, símbolo sexual y una de las mujeres europeas más emblemáticas del siglo XX y uno de los rostros más reconocibles de la historia del cine internacional, murió en La Madrague, en Saint-Tropez, según confirmaron fuentes cercanas a su entorno. Tenía 91 años.

La muerte de Bardot marca el final de una era. Su legado excede el cine: fue una figura que condensó los cambios culturales de la segunda mitad del siglo XX, desde la revolución sexual hasta el surgimiento del culto a la celebridad. Su imagen, reproducida miles de veces en fotografías, afiches y películas, sigue siendo sinónimo de una belleza natural y rebeldía.

Había pasado tres semanas hospitalizada en Tolón, en el sureste de Francia, debido a una intervención quirúrgica vinculada a «una enfermedad grave», según había informado el diario Var Matin. Y en enero de 2023, la actriz ya había sido hospitalizada a causa de una insuficiencia respiratoria.

Bella, Brigitte Bardot tuvo una vida tumultuosa, llena de declaraciones polémicas.

Fue en las décadas de 1950 y 1960 cuando su nombre se convirtió en sinónimo de belleza, libertad y provocación. Es que Bardot no sólo fue una actriz de éxito, sino un fenómeno cultural que trascendió las pantallas y marcó el imaginario de más de una generación. Su figura condensó el cambio de época que atravesaba Europa: el fin de la rigidez de la posguerra y el nacimiento de una nueva moral, mucho más audaz y hedonista.

En esa época dorada, BB propuso una admirable dosis de inocencia extrema y erotismo también extremo que podía inspirar la furia del deseo y la rabia de los virtuosos. ¿Ejemplos? Una famosa foto de 1958 en el Festival de Cannes muestra a un joven ministro llamado François Mitterrand que mira en forma hipnótica su trasero. También ese año, el Vaticano la declaró “la encarnación misma del pecado” y, en una muestra de fotos en la que intentaba mostrar el mal y la lujuria en el mundo, incluyó una imagen de la Bardot bailando el mambo en la famosa escena de Y Dios creó a la mujer con una sensualidad que rajaba la tierra.

En esas primeras década de su fama, era un sex-symbol universal que -lo dicen las cifras- aportó más divisas a Francia en un año que la marca Renault.

Una carrera meteórica

Había nacido en París el 28 de septiembre de 1934, como Brigitte Anne-Marie Bardot, y creció en el seno de una familia de clase media. Desde muy joven su madre la alentó a estudiar danza clásica, disciplina para la que mostró un talento ciertamente precoz. Pero no había cumplido más que 15 años que ya comenzaba a modelar para revistas juveniles, lo que pronto llamó la atención de los cazatalentos del cine francés.

Tenía 17 años cuando se produjo su debut cinematográfico, en 1952, con Le Trou Normand, pero su consagración mundial sería cinco años más tarde con Y Dios creó a la mujer, dirigida por Roger Vadim, quien además fue su primer marido.

Brigitte Bardot en sus comienzos.

Aquella película escandalizó a la crítica conservadora y fascinó al público internacional: mostraba por primera vez a una mujer dueña de su deseo y sin ningún tipo de culpa, en un contexto todavía dominado por las convenciones morales. Bardot se enamoró de Jean-Louis Trintignant, su compañero en el set, y eso llevó al fin de su matrimonio con Vadim.

Ahí estalló el fenómeno Bardot: un explosivo modelo de mujer sensual, espontánea, juvenil. En el papel de Juliette, una joven huérfana que se vale de su belleza para conquistar su libertad en una sociedad machista, creó un ícono erótico demoledor: no era sólo la criatura más bella del mundo, sino que parecía el emblema de la mujer libre e independiente que asume sin tabúes su sexualidad. Bardot se transformó en un símbolo sexual global, un título que ella siempre rechazó pero que la acompañó durante toda su carrera.

Durante los años siguientes llegó a trabajar con directores como Jean-Luc Godard (El desprecio, 1963), Louis Malle, Henri-Georges Clouzot y Christian-Jaque. En su carrera alternó comedias ligeras con dramas existenciales, y demostró un rango actoral más amplio del que muchos le atribuían. Sin embargo, la imagen pública de “BB” -como la llamaba la prensa- se volvió tan poderosa que, mal que le pese, terminó eclipsando su labor artística.

Su estilo personal también influyó en la moda y la cultura popular: sus peinados desordenados, los vestidos cortos, las blusas anudadas y la mezcla entre inocencia y desafío marcaron tendencia más allá de las fronteras de Francia. Tanto fue así que Bardot fue la primera gran estrella europea que rivalizó en fama con las estrellas de Hollywood, sin haber emigrado a los Estados Unidos.

Pero fue a fines de los años ’60 que, harta de la exposición mediática y de la presión de la fama, Bardot decidió retirarse progresivamente del cine. Su última película, L’histoire très bonne et très joyeuse de Colinot Trousse-Chemise, se estrenó en 1973. Y tenía apenas 39 años. Desde entonces, se dedicó por completo a la defensa de los derechos de los animales, una causa que abrazó con la misma pasión que antes había puesto en su carrera artística.

Dijo que sufría una indigestión de cámaras y que ya estaba harta. “Entregué mi juventud y mi belleza a los hombres. Entregaré mi madurez y mi experiencia a los animales”. Lo dijo y casi nadie le creyó, pero lo cierto es que la leyenda BB quiso mudarse a un reino que la había eludido durante toda su vida: el anonimato. Fue en vano: como a otra diva llamada Marilyn Monroe, la fama (a veces mala) la persiguió hasta el último suspiro.

 

Entradas relacionadas

Deja tu comentario