Los mercados celebran la mejora de varios indicadores, mientras persisten señales de descontento en distintos sectores.
Por Miguel Ángel Rouco
El primer semestre está cerrando con inmejorables perspectivas económicas en el país, donde se destaca no sólo la mejor percepción de los inversores sino también la positiva reacción de algunos sectores económicos que están traccionando el crecimiento económico.
A pesar de que algunos analistas y opositores al gobierno nacional y al proyecto económico libertario manifiestan agudas críticas, nadie puede soslayar la mejora de algunos indicadores y la superación de una crisis generada más por dudas políticas que económicas.
Los indicadores principales evidencian una mejora significativa. Luego de la crisis cambiaria del año anterior, donde el sistema soportó los embates de una fuerte corrida cambiaria, ahora la mejora de los estándares está mostrando resultados positivos.
La inflación en franca tendencia descendente, la caída del riesgo país, el tope histórico de exportaciones y de superávits gemelos, el aumento de las inversiones a través del RIGI y la caída en la tasa de interés permiten configurar un terreno mucho más confiable que en los meses anteriores.
El gobierno, sin embargo, parece no poder aprovechar esta mejora de los indicadores porque pesa en la población, en especial la que vive en el AMBA, una sensación de agobio que refleja la obsolescencia y la falta de productividad y competitividad de la economía metropolitana.
El ruido de esa «economía vieja» es mayor que la melodía que se escucha en el interior del país, con un aumento de la actividad que invita a pensar en nuevos proyectos de inversión.
En otras palabras, la sensación de un clima económico adverso pesa sobre los primeros desarrollos de una nueva economía.
Sin embargo, y a pesar del mal humor social metropolitano, algunos síntomas se empiezan a avizorar en el horizonte de la nueva economía argentina.
Las acciones argentinas tuvieron otra semana positiva y el riesgo país volvió a descender. La consolidación fiscal, la desaceleración de la inflación y las expectativas de mayores ingresos provenientes de la minería y las exportaciones energéticas continúan mejorando la percepción de los inversores sobre el país.
A pesar de que durante años la Argentina fue vista como uno de los mercados más riesgosos del mundo, hoy muchos fondos comienzan a observar una economía con fundamentos mucho más sólidos y activos que todavía parecen baratos en comparación con su potencial.
Esto a pesar de que no se logró una mejora en la calificación del país más por una mala evaluación del gobierno que por malos indicadores.
Así, el gobierno perdió una oportunidad de sacar a la Argentina de la calificación de mercado aislado por la tozudez de mantener el cepo cambiario a empresas, lo que desmejoró la percepción de los analistas e inversores.
Aun con todo, la discusión que se aproxima pasa por determinar cuánto es el crecimiento que queda por delante para el país.
Sin caer en un facilismo u optimismo, la Argentina tiene por delante un camino de crecimiento como no ocurría desde hace más de 30 años durante la Convertibilidad.
Es cierto que todavía quedan algunas asignaturas pendientes muy relevantes, como una reforma impositiva integral donde se debe rediseñar todo el andamiaje tributario y permitir que los flujos de inversión se amplíen de manera significativa.
También es necesario revisar y reactivar el rol de la motosierra y aplicarlo en una nueva reducción del gasto estatal, ya que no es cierto que no se pueden reducir las erogaciones estatales. Aquí todavía hay mucho terreno por trabajar, al igual que en materia de desregulaciones.
En síntesis, por un lado, datos objetivos buenos o muy buenos; por otro lado, mala percepción de algunos sectores de la sociedad, en medio de un constante ingreso de capitales, una relativa pax cambiaria y sin oposición política que amenace los planes del gobierno.
