Fue un fin de semana que lo hizo retroceder varios casilleros en su batalla cultural. La visibilidad de la gente común.
Fue un fin de semana durísimo para el Gobierno. Recibió tres golpes sociales que lo dejaron mudo y que le hicieron ver que la batalla cultural que creen transitar victoriosos en las redes no tiene nada que ver con el mundo real.
Los azotes no vinieron de sus rivales políticos, ni del mercado financiero, ni tan siquiera de la prensa. Se los asestó la gente común y en particular los jóvenes, a quienes creen dominados con el séquito de trolls a sueldo con el que operan en el mundo digital.
La muerte del Indio Solari fue uno de los detonantes. Desde que se conoció el deceso del ídolo popular, sus fieles ricoteros comenzaron a congregarse para despedirlo en distintos lugares del país. Obvio, no andan de galera y bastón y muchos suelen pelearse con el castellano, pero dieron rienda suelta a esa mezcla de fanatismo y tristeza sin importarles las formas.
Cantaron, saltaron, tomaron, fumaron y llenaron las redes sociales de mensajes de amor y devoción hacia un personaje que está en las antípodas del ideario libertario. El mensaje subyacente fue: “Acá está todo y todos los que rechazamos al actual sistema”.
En el Gobierno intentaron una mueca de rebeldía negando que el funeral fuera en el Congreso. Pensaron que se quedarían con la porción de la población que no comulgaba con el Indio. No fue así.
El resto despidió con respeto a un fenómeno de la música, en una muestra de civilidad. Es cierto que no faltó el grupo de tareas cibernéticas, ni los satélites mediáticos oficiosos, que buscaron defenestrar a los fieles ricoteros y alertar sobre un “inminente salvajismo”… pero no sucedió. La mayoría quedó en ridículo.
Con el tsunami popular en las calles y copando X, Facebook, TikTok y todo lo que vendrá, el Gobierno se replegó hasta el silencio más atronador. No hay duda de que más de uno que hoy transita los pasillos del Gobierno con puños y cuellos inmaculados con apresto participó de algún pogo junto a esa misma masa a la que ahora, en el momento más sensible, no podía plegarse aunque sea con un mísero “adiós”.
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Además, durante el domingo hubo más de 60 cuadras de cola para pasar apenas unos segundos delante del féretro y el desborde anunciado no se produjo, con lo cual Axel Kicillof se anotó un porotazo.
Tanto el sábado como el domingo, Lali Espósito copó el estadio de River con 80.000 personas en cada show. La artista, maltratada por Milei hasta el mal gusto de modificar su nombre como insulto, lejos de amilanarse se paró delante de su gente y sacó pecho al recordar cuando le aconsejaban no enfrentarse al Presidente.
A cambio, hubo silbidos para el jefe de Estado que, por contrapartida, significaron un claro apoyo a su postura.
El domingo se conmemoró el Día del Periodista. Entidades privadas, referentes políticos y personalidades de la cultura se manifestaron a favor de la libertad de expresión. Hubo y habrá reuniones y encuentros donde personalidades de diferentes ámbitos se muestran sin miedo para acompañar a la prensa en momentos en que es presa de un ataque despiadado, que llega hasta poner vigilancia para ir al baño sobre los acreditados en la Casa de Gobierno.
El fin de semana fue realmente un “principio de revelación” para el Gobierno. Se dio cuenta de que no está solo en la cancha. Que la batalla cultural cibernética es absolutamente insuficiente e ineficiente para torcer el sentir de una buena parte de la sociedad.
El impacto fue tal que Javier Milei ni tan siquiera intentó alguna provocación. Él y todos se guardaron.
Acusaron el golpe de realidad.
