La escasez de combustibles y productos químicos amenaza a industrias que van desde la agricultura hasta la farmacéutica.
A tres semanas del inicio de la guerra en el Golfo, el impacto económico comienza a sentirse a escala mundial, con el precio del crudo como principal indicador de la incertidumbre. El 16 de marzo, el Brent —referencia internacional— superó los 106 dólares por barril, su nivel más alto desde 2022, en medio de temores por la continuidad del bloqueo en el Estrecho de Ormuz.
Por ese paso marítimo circula entre el 10% y el 15% del suministro mundial de petróleo, volumen que actualmente se encuentra parcialmente interrumpido. A pesar de las medidas adoptadas por Donald Trump —incluida la liberación de reservas estratégicas y gestiones con aliados de la OTAN— los mercados mantienen expectativas negativas sobre una pronta normalización.
La crisis no se limita al petróleo. Los países del Golfo concentran una parte significativa de la producción global de materias primas clave: cerca del 22% de la urea, el 24% del aluminio, un tercio del helio y el 45% del azufre. Los ataques a instalaciones energéticas y el bloqueo marítimo han interrumpido estas cadenas de suministro, afectando especialmente a los sectores del transporte, la industria y la producción de alimentos.
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En el ámbito energético, la reducción del flujo de crudo del Golfo ha generado dificultades en refinerías asiáticas, que enfrentan mayores costos operativos y menor disponibilidad de combustibles como diésel y queroseno. Países como China, India, Japón y Tailandia ya registran recortes en su actividad de refinación.
Al mismo tiempo, el comercio marítimo se encuentra afectado. Según estimaciones del sector, alrededor del 5% de la flota mundial de buques cisterna permanece varada en la región. Esta situación elevó los precios de combustibles en mercados clave como Singapur y encareció el transporte energético hacia Europa, altamente dependiente de esas importaciones.
El impacto también alcanza a la industria manufacturera, debido a la interrupción de exportaciones petroquímicas desde el Golfo. Insumos esenciales para la producción de plásticos, medicamentos y materiales industriales registran faltantes, lo que ha llevado a empresas a declarar incumplimientos contractuales por causas de fuerza mayor.
En paralelo, los metales industriales muestran fuertes subas. El aluminio, clave para sectores como la construcción, el transporte y la energía, se acerca a máximos de varios años ante la caída de la oferta desde países productores de la región.
La crisis se extiende además al mercado del helio, insumo fundamental para la industria tecnológica. El cierre de plantas en Qatar —uno de los principales proveedores globales— genera preocupación por su impacto en la fabricación de semiconductores.
En el sector agroalimentario, la interrupción del comercio de fertilizantes representa uno de los riesgos más relevantes. Aproximadamente un tercio del suministro global transportado por vía marítima atraviesa el estrecho de Ormuz. La suba de precios y la escasez ya afectan a países dependientes de estas importaciones, especialmente en África y Asia.
Especialistas advierten que, incluso en caso de una reapertura rápida del corredor marítimo, la recuperación no será inmediata. Los daños en infraestructura, la paralización de plantas industriales y la incertidumbre en el transporte marítimo podrían prolongar los efectos de la crisis durante meses o incluso años.
En este contexto, el conflicto en el Golfo expone la alta dependencia de la economía global de un corredor estratégico de apenas 54 kilómetros de ancho, cuya interrupción ya genera consecuencias a escala mundial.
