El superávit comercial fortalece la estrategia oficial para acumular divisas, mientras el agro y la energía se perfilan como los principales motores para sostener la estabilidad cambiaria.
Por Miguel Ángel Rouco
El aumento de las exportaciones dejó en evidencia que, a pesar de las dificultades financieras, la Argentina cuenta con recursos suficientes como para asegurar a los mercados internacionales el repago de sus obligaciones.
Con todo, el superávit comercial confirma que el Banco Central (BCRA) deberá continuar con su política de compra de divisas, por cuenta y orden del Tesoro y con superávit fiscal, para poder sostener la paridad cambiaria en torno de los $1.500.
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Está claro que, en este juego de tener dos ventanillas —Tesoro y BCRA—, cuando no lo pueda hacer el Erario con su saldo fiscal, lo hará la autoridad monetaria.
Por ahora, no se observa un aluvión de capitales ni tampoco existe un balance de divisas superavitario tan significativo, ya que la demanda de moneda extranjera —no por salida de capitales, sino por importaciones— se mantiene constante y en ascenso.
Pero, ¿qué ocurriría si el flujo de divisas hacia estas playas comienza a hacerse cada vez más ostensible? Una pregunta retórica, por ahora.
Sin embargo, no son pocos los que empiezan a imaginar un levantamiento del cepo hacia fin de año y, tal vez, una salida a los mercados internacionales para poder renovar los vencimientos de la abultada deuda pública dejada por el kirchnerismo.
Por ahora, se trata solo de hipótesis. En tanto, el Gobierno busca asegurar los recursos y continuar dando señales de normalidad financiera, mientras mira de reojo el cronograma electoral y la forma de llegar sin sobresaltos.
Todo esto dependerá, en gran parte, de cómo se resuelva el conflicto de Oriente Medio y su correlato en el mercado de la energía, para poder despegar la segunda ola de inversiones en Vaca Muerta y en Rincón de los Sauces.
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Pero el complejo energético presenta también algunas luces y sombras. Recientemente, el Fondo Monetario Internacional (FMI) advirtió sobre los riesgos que presentaría un ingreso masivo de divisas derivado de la cuenca hidrocarburífera. Las alarmas se encienden debido a que la semana próxima visitará Neuquén Kristalina Georgieva, directora gerente del organismo.
En un documento, el FMI remarcó que «los sectores energético y minero ofrecen una oportunidad histórica para el país», aunque advirtió sobre la necesidad de ajustar las políticas para evitar ciclos de auge y caída y mitigar los riesgos de la llamada «enfermedad holandesa».
La enfermedad holandesa es el nombre con el que los economistas denominan al fenómeno que ocurre cuando un país recibe un flujo masivo de divisas por la exportación de recursos naturales: el tipo de cambio se aprecia, los sectores que compiten con importaciones o exportan otros bienes pierden competitividad y la economía se vuelve estructuralmente dependiente de ese recurso. Ocurrió en los Países Bajos durante los años 60 con el gas, en España durante el siglo XVI con el oro proveniente de las colonias americanas y ahora comienza a discutirse en la Argentina por el desarrollo de Vaca Muerta.
Aunque el complejo energético y, en menor medida, el minero son los motores del ingreso de divisas, la agroindustria sigue siendo la garantía de la caja de Javier Milei.
A la demanda habitual por los alimentos argentinos, empieza a cobrar fuerza la demanda de biocombustibles derivados de la formidable Pampa Húmeda.
De allí que las estimaciones agrícolas comiencen a mostrar un perfil mucho más robusto.
De acuerdo con un informe de la Bolsa de Cereales de Buenos Aires, la marcha de la siembra de girasol vuelve a cobrar importancia.
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El documento señala que «la intención de siembra se encuentra en una etapa de definición clave, bastante afianzada en el norte y sur agrícolas, pero condicionada por la confirmación del desarrollo del fenómeno de ‘El Niño’ de considerable intensidad sobre la franja central, donde la superficie destinada a la oleaginosa tiene poca relevancia en el volumen nacional».
El informe agrega que «bajo este marco, el área proyectada para el ciclo 2026/27 de girasol se ubica en 3 millones de hectáreas, imponiendo un nuevo récord histórico de superficie sembrada, ubicándose un 5,3% por encima de la campaña anterior y un 33,3% por encima del promedio de los últimos cinco ciclos. No obstante, el cumplimiento de esta proyección de siembra queda sujeto a la evolución no solo de las condiciones agroclimáticas, sino también de las económicas durante la ventana de siembra».
La siembra de girasol vuelve a ganar terreno no solo por su utilización en la industria alimenticia, sino también como una alternativa para la producción de biocombustibles. Además, presenta una ventaja comparativa frente a la soja y el maíz, debido a su mejor relación insumo-producto y a su menor requerimiento de insumos. A esto se suma un contexto internacional que, si bien continúa mostrando incertidumbres, ejerce una menor presión sobre el mercado de aceites vegetales, lo que permite proyectar un escenario competitivo y con perspectivas favorables para el cultivo.
En cuanto al trigo, se observa un desarrollo muy importante de los cultivos y se proyecta una siembra de 6,95 millones de hectáreas, de las cuales el 92% ya se encuentra implantado.
