Resignación y bronca por tener que ingresar a Malvinas con pasaporte

(*) Artículo escrito en el 2009 por el autor, cuando viajó a las Islas Malvinas.

Hay un combate interno entre la resignación y la bronca a la hora de presentar el pasaporte argentino para entrar a suelo argentino, o al tener que habilitar un discado internacional para recibir llamadas nacionales o, peor, ante la imposibilidad de llevar banderas y cantar el himno frente a las tumbas de Darwin.

Pero más allá de estas amputaciones, pisar la turba malvinense activa diapositivas, con origen en la guerra de 1982 y final en estas lágrimas de los familiares 27 años después, frente a los epitafios cincelados de sus seres queridos.

Por eso vale la pena infringir los manuales de periodismo y hablar en primera persona. Porque las Malvinas encierran una historia en cada uno y porque todos los que la vivimos, aunque sea de lejos, tenemos recuerdos de la guerra y posguerra.

En esta retrospectiva, me veo a los 8 años cantando “Tras su manto de neblina, no las hemos de olvidar”, mientras estudiaba cómo nuestros antepasados tiraron aceite y agua hirviendo en 1806 y 1807; o viendo a Nicolás Kasanzew -corresponsal de la guerra- en un flamante televisor a color.

La veo a mi vieja, italiana, triste en medio de la algarabía, porque Galtieri arengaba a una multitud en la Plaza de Mayo y a ella le hacía acordar a Mussolini cuando en 1940, en Piazza Venezia, anunció que le acababa de declarar la guerra a Francia y Gran Bretaña y la muchedumbre lo interrumpió para gritar “guerra, guerra”, pronunciando las “u” en italiano.

La veo otra vez sufriendo porque mi hermano, clase 1961 y con un año completo de servicio militar en La Tablada, podía ser convocado si se prolongaba el combate. Y finalmente me acuerdo de Juan Pablo II llegando al país para evitar una masacre mayor.

Mucho tiempo después aprendí a valorar económicamente a esas tierras, ya no sólo por los que dejaron su vida allí. Fue cuando un compañero del secundario le preguntó a un profesor por qué había que preocuparse por un territorio agreste cruzado por un clima hostil, que acabo de comprobar bien penetrante.

“Puede ser que no sea un lugar agradable para habitar, pero contiene una inconmensurable riqueza natural”, contestó el profesor Villar. Hoy se puede ver aquí a una de las sociedades más ricas del mundo, gracias a la pesca del calamar, al turismo y con proyectos para exploraciones de gas y petróleo.

Varios años después hice una de las primeras notas de mi carrera a un grupo de ex combatientes de Lomas de Zamora, en un aniversario de la Guerra, el de 1997.

Un veterano me asombró con el relato de la ferocidad del combate de Monte Longdon, en el extremo oriental de las Malvinas, arriba y a la derecha de esta Darwin, por donde desembarcaron tropas inglesas en 1982.

Los padres del soldado Massad me contaron que su hijo murió allí. Dijeron que el piso sigue regado de desechos de la batalla y que el clima es peor que en Darwin: “Más aún en una trinchera”, se emociona la mamá Dalal Massal.

Otro ex soldado me había narrado en primera persona el regreso sin honores, el olvido de los gobiernos, los problemas psicológicos y la tasa creciente de suicidios.

Y varios años después pude trazar la errante línea histórica de la política argentina hacia Malvinas, sobre todo en la posguerra. La ruptura de relaciones, los acuerdos de Madrid bajo el paraguas de soberanía, la política de seducción de Guido Di Tella hacia los kelpers y el “endurecimiento” kirchnerista.

Desde 1999 los argentinos pueden entrar, pero con pasaporte.

Y hubo una agenda de trabajo en materia de hidrocarburos, conservación ictícola y, luego, una negociación sobre los vuelos re-gulares y charters, que quedaron deshechos. El único que quedó en pie es el trabajo conjunto de desminado de las islas.

Por la prohibición de los vuelos especiales por parte de la Argentina -en respuesta a una medida británica sobre los regulares de Aerolíneas-, casi me quedo afuera de este viaje.

Tampoco fue fácil para los familiares: cinco años tuvieron que esperar desde que fue emplazado el cenotafio.

En paralelo, estos años me entrenaron sobre Malvinas. Ahora tengo claro que anualmente el Comité de Descolonización de la ONU insta a la Argentina y a Gran Bretaña a reanudar negociaciones por la soberanía y que los británicos se niegan invocando el principio de autodeterminación de los pueblos.

Ellos dicen que los isleños quieren ser ingleses y nosotros que esa población no es autóctona sino que fue trasplantada a las islas desde 1833.

También aprendí a ser cuidadoso con la redacción: hace 176 años que usurpan y 27 que no negocian; los restos de un soldado nunca son repatriados desde las islas porque están en su patria y menos que menos hay que hablar de un viaje de la Argentina a las Malvinas, sino desde territorio continental a insular.

Daniel Merolla, actual periodista de AFP, fue uno de los primeros reporteros que pisó este suelo -enviado por NA- y el encargado de hacer la primera transmisión radial para Del Plata.

Él me contó que tuvo que llegar en helicóptero porque la ruta en la que viajamos ahora estaba llena de minas e intransitable.

Ahora estoy yo. A 200 metros de este cementerio, acá cerquita, hubo combates en 1982 en la batalla de Pradera del Ganso. Da escalofríos pensarlo.

Ojalá alguno de nosotros pueda entrar alguna vez sin pasaporte.

Por Gabriel Profiti (*)

 

 

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