El recambio parlamentario abre un escenario de esperanza, aunque condicionado por desequilibrios fiscales y tensiones financieras.
Por Miguel Ángel Rouco
El país se apresta a iniciar un nuevo período legislativo con la esperanza de dejar atrás años y décadas de frustraciones y olvidos.
Con la atención puesta en el empleo, los salarios y la inflación, millones de argentinos aguardaron con esperanza que el recambio del Congreso aportara las soluciones que demanda la sociedad para poder transformar sus vidas.
La opacidad que cubre a la economía argentina desde hace décadas sabe a impotencia y amargura en el ánimo de la sociedad, aunque para las nuevas generaciones huele a optimismo y a futuro. Habrá que ver si los nuevos legisladores estaban a la altura de las demandas sociales o bien se comportaban como la vieja casta política y aportaban más de lo mismo.
Lo cierto es que el paquete de reformas podía disparar inversiones en todas direcciones y crear un nuevo perfil productivo para el país.
Sin embargo, todo dependía de la clase política dirigente si es que comprendió el mensaje de las urnas en octubre pasado y operó en consecuencia.
Las cartas estaban sobre la mesa y ahora tocaba bajar juego a la dirigencia.
Mientras tanto, la transición no sería sencilla debido a errores propios y ajenos.
La mini crisis financiera de mitad de año se llevó gran parte de los esfuerzos realizados en 2024.
Desde el canje de las LEFI por las LECAP y el descalabro financiero provocado por un exceso de liquidez, la inflación se «amesetó» en torno del 2%/2,5% mensual, un guarismo elevado para el actual esquema de anclaje en las bandas cambiarias y un ficticio superávit financiero.
Este excedente de liquidez generó que el Tesoro comenzara con una política de dilación en los pagos, lo que provocó un retraso en el cobro de los proveedores del Estado, de las prestaciones de salud y asistencia social y en el pago de las nuevas jubilaciones, que llevaban una demora de unos 5 meses.
En otros términos, el gobierno «pisó» la caja hasta el cierre de ejercicio, con el único objetivo de no recalentar la inflación para no alimentar la liquidez en el mercado.
En síntesis, la mala praxis del canje de letras y la mini crisis financiera obligaron al gobierno a postergar pagos para 2026. Errores propios.
Sin embargo, el delicado superávit financiero también pendía de un hilo, ya que el gobierno decidió guardar la «motosierra» durante el segundo semestre de 2025 para no alimentar más la crisis y, en vista de las elecciones, resignó la baja de la inflación para asegurarse el triunfo electoral y la primera minoría en el Congreso con mucho esfuerzo.
Así, se iba cerrando 2025 con la esperanza de que se empezaran a sentar las bases de una nueva economía.
Pero el gobierno debía equilibrar la situación fiscal de manera urgente y para ello el verano se presentaba como una estación propicia.
La Casa Rosada debía tomar nuevamente la iniciativa y avanzar con nuevas y rápidas desregulaciones para abaratar los costos de producción en la Argentina y poner en marcha nuevamente la motosierra para encauzar el gasto público y aliviar la carga tributaria.
Y un dato más: la estabilidad cambiaria y el voraz apetito de las provincias por colocar deuda en dólares con una situación fiscal endeble podían conformar una tormenta perfecta similar a la que derribó a la Convertibilidad en el comienzo del siglo.
La administración Milei caminaba sobre un terreno fangoso y debía extremar los cuidados frente a las amenazas de la antigua casta.
