Mientras las empresas tecnológicas aceleran inversiones récord, crecen los interrogantes sobre la sostenibilidad del modelo.
Por Miguel Ángel Rouco
El fin de las hostilidades en Oriente Medio viene a poner un poco de orden a un vertiginoso año donde el conflicto en esa región marcó un desequilibrio inesperado.
El aumento de la inflación en todo el mundo desencadenó una notable contracción de la economía global y eso resultó en una ralentización del PBI mundial, con enormes repercusiones económicas y sociales.
Por ahora, si bien la noticia trajo tranquilidad y alivio a los mercados con la caída del precio del crudo, algunos analistas sostienen que es prematuro hablar de una solución inmediata al problema.
Por caso, el aumento del precio de la energía, de la mano del petróleo y sus derivados, llevó al desarrollo de negocios especulativos en un área en la cual no existe un desarrollo real, como es el caso de la tecnología vinculada a la Inteligencia Artificial.
Ahora, la IA depende de la energía disponible y de allí la urgencia de la Casa Blanca de anunciar un acuerdo con Irán, aun cuando la cuestión nuclear no está resuelta.
Los inversores ahora se toman una pausa, analizan las consecuencias de lo ocurrido en esta primera mitad del año y se empiezan a preguntar si realmente están frente a una nueva economía o bien se enfrentan a una nueva burbuja especulativa.
¿Es la IA una nueva economía autónoma o es apenas una actividad incipiente que depende del desarrollo de la economía real?
Por ahora, el desarrollo de los modelos de lenguaje es extraordinario para recuperar, resumir y ordenar información que ya existe. Pero al momento de invertir, ya no es un problema de información sino un problema de autonomía, capital y gestión de riesgo.
Esto significa que hay que decidir cuánto arriesgar cuando la IA depende claramente de una fuente de energía no segura, mientras que los datos sobre los insumos son ambiguos y muy costosos.
Está claro que existe una sobreoperación y no se sabe lo que va a pasar, por lo cual dimensionar el mercado y las disposiciones de capital genera, cuanto menos, cautela.
En ese marco se mueven hoy los mercados de capital y eso es lo que los inversores profesionales llaman gestión de riesgo, algo que separa al inversor del apostador, como ocurrió durante la crisis de las «punto com».
Los denominados «7 magníficos» no resultan ser tanto como parecen. El negocio de la IA depende de algo que hoy no es seguro y no abunda, y eso se traduce en energía disponible, accesible y barata.
En términos más llanos, la IA depende de una enorme cantidad de energía y, en todo el mundo, hay déficit energético. El desarrollo de la IA avanza a una velocidad superior a la reposición de la infraestructura energética y la absorción de capital disponible que se llevó la IA ya no está disponible para la construcción de nuevas fuentes de energía.
Sin embargo, los defensores del negocio accionario con los gigantes tecnológicos sostienen que esto no es la burbuja especulativa de las «punto com» porque ahora hay ganancias reales.
Eso, en parte, es cierto, pero contiene algunos elementos que es preciso señalar a la hora de analizar la composición de las ganancias.
Una gran parte deviene del gasto de capital que realizaron los gigantes tecnológicos. Por caso, Microsoft, Amazon, Google y Meta planean invertir en conjunto más de 600.000 millones de dólares en infraestructura de IA durante 2026, una cifra similar al PBI de la Argentina, destinada exclusivamente al desarrollo de centros de datos y microprocesadores que dependen enteramente de la disponibilidad energética.
Quienes son escépticos y críticos de la burbuja sostienen que se trata de un círculo vicioso y que gran parte del capital invertido solo da vueltas, por lo que en algún punto la cadena puede interrumpirse.
La estrella de Wall Street, Nvidia, realiza inversiones por cientos de millones de dólares en OpenAI. Esta, al mismo tiempo, firma contratos con Oracle para usar sus centros de datos, que son abastecidos por los semiconductores que produce Nvidia.
Esto significa que el mismo capital gira sobre sí mismo y en cada tramo se contabiliza como un ingreso nuevo que aumenta las ganancias, reflejándose en un valor de mercado amplificado.
Los críticos agregan que resulta mucho más difícil anticipar la explosión de una posible burbuja, porque el valor de mercado de las empresas sigue a las ganancias de esas compañías y la relación «price-earning» luce razonable.
Sin embargo, en el argot financiero este esquema es descripto como una maniobra circular en la que nadie se anima a anticipar un final, pero donde ya son muchos los que se preguntan qué ocurriría si esa circulación se interrumpe.
El punto más cuestionable, a diferencia de la era «punto com», es que las ganancias no son falsas, sino que dependen de la disponibilidad energética escasa y de que los gigantes tecnológicos sigan gastando a ese ritmo vertiginoso para una demanda de IA todavía incierta.
En otros términos, ¿hasta cuándo los accionistas de esos gigantes tecnológicos van a sostener un enorme gasto de capital cuando el desarrollo del negocio depende de un suministro de energía escaso? ¿Qué pasaría si los accionistas deciden moderar el gasto de capital en IA porque consideran que se alcanzó un techo debido a la escasez energética?
Lo más probable es que esa burbuja se debilite o explote. Sin considerar otras sofisticaciones financieras como el apalancamiento y otros derivados que pueden hacer de las suyas, el mercado tiene la palabra final.
Pero, volviendo a Oriente Medio y la crisis del petróleo, la urgencia de Donald Trump va de la mano con moderar la inflación, recuperar la actividad económica y asegurar la disponibilidad energética.
Sin embargo, es muy prematuro determinar que la crisis está superada.
Ahora hay que superar las secuelas de la crisis. Las reservas mundiales de petróleo, que disminuyeron debido al prolongado cierre del estrecho de Ormuz, necesitarán tiempo para recuperarse y es probable que sigan bajando antes de que empiecen a llegar nuevos suministros desde el Golfo Pérsico.
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Aún faltan conocerse los detalles del armisticio y, por ahora, las dudas continúan. Desde el punto de vista operativo, la fuerte disminución de las reservas de petróleo genera aún más cautela. Los problemas logísticos derivados de los riesgos que suponían las minas en el estrecho marítimo llevarán tiempo para ser resueltos, mientras que los costos de seguros, mantenimiento y reparación de buques hacen aún más complejo el desarrollo del negocio en un mercado de commodities altamente especulativo y sometido a tensiones de todo tipo.
Los principales consumidores de crudo están usando parte de sus reservas estratégicas para moderar los precios. Pero ahora llega el momento de reponer esas reservas y volver a la normalidad del mercado, algo que muchos analistas estiman que, en el mejor de los casos, ocurriría en el mediano plazo.
Quién va a controlar la navegación sobre el estrecho de Ormuz sigue siendo una incógnita y, mientras persista esa incertidumbre, esto será un problema constante para el mercado, lo que mantendrá los precios relativamente altos.
El mercado ahora enfrenta una prima de riesgo geopolítica más que una crisis de precios. Aun con una solución rápida, probablemente se perderían 800 millones de barriles de inventarios hasta noviembre.
Esto derivaría en que los precios del petróleo continúen subiendo, con todas las consecuencias inflacionarias que ello conlleva.
