La Casa Rosada parece inmersa en un océano de disputas estériles que le hace olvidar los temas urgentes y se que pierda oportunidades inmejorables.
Por Miguel Ángel Rouco
Al tiempo que el conflicto en Oriente Medio parece haber entrado en una etapa de indefinición prolongada por los altos riesgos de una operación militar a gran escala, la economía mundial sigue transitando por otros canales, sin depender tanto de las derivas geopolíticas.
Los negocios siguen su curso y los importantes crecimientos de las acciones parecen demostrar que la vida sigue más allá del conflicto en el Golfo Pérsico.
Las subas en los papeles de las tecnológicas y las energéticas no dejan margen para dudas, al tiempo que los procesos de fusiones y adquisiciones están a la orden del día.
En la tecnología, ya no sólo pesan «los 7 magníficos», sino que también sus competidores amenazan con destronarlos.
El dominio de Nvidia parece estar bajo escrutinio luego del anuncio de colaboración de su competidor Qualcomm con OpenIA para producir chips de inteligencia artificial destinados a smartphones.
En otros terrenos, las negociaciones entre United Airlines y American Airlines parecen muy avanzadas, lo cual convertiría a la nueva compañía en uno de los carriers más grandes del mundo.
El anuncio de la compra de ARC Resources por parte de Shell por más de 16.000 millones de dólares ha sacudido el tablero energético y acentúa el interés por los hidrocarburos no convencionales, en medio de una supuesta crisis de combustibles.
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La característica más saliente de este 2026 es la inestabilidad y, con ella, la planificación. Los vaivenes geopolíticos llegaron para quedarse por largo tiempo y las empresas deberán archivar los manuales de gestión diseñados y actuar sobre la marcha.
«Se trabaja sobre el problema más urgente y luego por los que siguen en orden de prioridad», dijo un ejecutivo estadounidense luego de una cumbre empresaria celebrada en Singapur.
El CEO de DBS, el banco más grande del sudeste asiático, Tau Su Shan, dijo en esa cumbre a los asistentes: «si eres gerente, gestiona con la mayor flexibilidad posible porque no sabes qué va a pasar mañana».
La norma de estos tiempos consiste en tener planes de contingencia permanentes y actuar sobre los temas más urgentes.
Así se muestra el mundo de los negocios, algo que para la Argentina podría resultar una guía clave.
El Gobierno debería tomar en cuenta estas tendencias y actuar en consecuencia.
Por ahora, la Casa Rosada parece inmersa en un océano de disputas estériles que le hace olvidar los temas urgentes.
La inflación persistentemente elevada hace que todas las buenas intenciones queden diluidas y se pierdan oportunidades inmejorables.
La inflación es el tema urgente porque frena todos los procesos de inversión productiva, en especial los de mediano y largo plazo que pueden dinamizar la economía.
El Gobierno está anestesiado y deja que los temas menores dominen su atención y ocupen su agenda. Ya no es un problema de diagnóstico sino de terapia.
El principal obstáculo para bajar la inflación es la tensión monetaria derivada de la poca transparencia del mercado cambiario.
Si el Gobierno avanza con una liberación total del cepo, permitiendo que las empresas se muevan libremente y que los pequeños tenedores de divisas puedan blanquear el «ahorro hormiga», se podrá absorber el sobrante de pesos sin presionar los precios y bajar la expectativa inflacionaria.
Al mismo tiempo, esa liberación cambiaria despejaría dudas de los inversores, mejoraría la calificación de la deuda argentina, bajaría el riesgo país y dinamizaría las inversiones productivas de mediano y largo plazo, como la minería y la energía.
La baja del riesgo país es la clave para asegurar financiamiento externo a bajo costo y el repago de la deuda mediante renovación, sin utilizar las reservas del Banco Central.
La administración Milei debe retomar la iniciativa y salir del letargo.
