Facebook y las redes sociales: “Tus datos son mis datos y mis datos son míos”

El escándalo sobre la manipulación de datos de 50 millones de usuarios de la famosa red social desnuda el negocio de la venta de información privada con fines públicos, un mecanismo al que las agencias de control limitan sin demasiada eficacia y convicción, con el riesgo de engañar a una gran platea de internautas no siempre interesada en saber los riesgos que corre su identidad en la gran Big Data de la Web.

El uso de datos de millones de usuarios de Facebook para fines políticos no sorprende a los especialistas informáticos. Es más: para ellos no es nada nuevo. El acceso a información de todos aquellos que navegan por las redes sociales es un botín reconocido y apreciado por las grandes corporaciones transnacionales y por la política también.

Por ello, que el comité de campaña de Donald Trump haya comprado información a Cambridge Analytica para la campaña de 2016 es un hecho más en una larga saga en el acceso a la Big Data para fines electorales. De hecho, ese vínculo ya se había registrado en la campaña de 2008, cuando Barack Obama accedió al poder como “el presidente de las redes sociales”.

Para el especialista informático argentino, autor del libro “Paranoia Digital”Marco Mansueti, el escándalo de Facebook y la consultora en la mira constituye un claro ejemplo de “uso” de datos y no de “filtración”. ¿Por qué? Porque los millones de usuarios que todos los días ingresan a redes sociales como la fundada por Mark Zuckerberg prestan su consentimiento, tanto para acceder a ella como para descargar las múltiples aplicaciones que funcionan en su interior.

“Filtración no es la palabra, hubo una entrega de datos de los usuarios. Millones instalaron una aplicación en Facebook a la cual le dieron permiso. Esta aplicación toma tus datos y le da distintos usos”, reflexiona. Con este simple dato, ya empezamos a advertir que el escándalo en cuestión más que un problema técnico es un asunto de “cultura digital”, de cómo nos comportamos como navegantes de las redes.

“El libro que escribí (“Paranoia Digital”) habla de los comportamientos de la gente en general. Vos le decís a la gente cómo cuidarse pero eligen seguir sin hacerlo“, agrega Mansueti durante una entrevista que le hicimos en Ventana Abierta por FM Milenium.

El trasfondo del episodio que tiene en la mira a Facebook se inscribe en el marco de una suerte de cultura del “sí” en las redes sociales. ¿Cuántos de ustedes le dijeron que “no” a la descarga de una aplicación por no estar de acuerdo con algunos de los ítems del contrato digital, largo y farragoso, que nos invita a leer? El porcentaje de los que se hayan negado debe ser, seguramente, cercano a cero.

Esta moda del “sí” abreva también en una cultura del optimismo de las propias compañías digitales, como la propia Facebook, que viene negando casi como un rezo la posibilidad de un botón de “no me gusta” (a cambio habilitó hace tiempo las opciones más suaves de “indignación”, “sorpresa” y “amor”, con buena recepción, pero especialmente con el resultado de haber aplacado los reclamos del botón negativo).

Con lo andado ya en esta humilde reflexión, queda claro que estamos más ante un problema más humano que técnico.

El periodista Lluis Bassets, en el diario El País, sin pelos en la lengua, deja una frase profunda y alarmante:

Primero se quedaron con las noticias. Luego con la publicidad. Hicieron lo mismo con los impuestos. Ahora son propietarios de los gustos, sentimientos e ideas de los ciudadanos. Nunca unas sociedades mercantiles privadas habían alcanzado un poder tan grande, que supera el de cualquiera de los Estados democráticos y solo tiene un parangón con grandes imperios autoritarios como China o Rusia.

Facebook y otras empresas digitales son muy grandes y penetrantes a la vez en nuestra vida privada, vaya paradoja, con nuestra propia anuencia.

Sin pretender demonizar secamente a estas corporaciones, sí nos cabe una reflexión final: Si el poder de estos privados es tan importante y preocupante, ¿qué están haciendo los países ante esto?

En los Estados Unidos, las miradas apuntan a la Agencia de Seguridad Nacional (NSA, por sus siglas en inglés). Es ella la que debiera ejercer control sobre la información de los usuarios en las redes. El problema es cuando la NSA compite en el husmeo de la Big Data, en competencia o en complicidad con las transnacionales digitales.

Casi en paralelo al estallido del escándalo de Facebook, el ex informante de la CIA y consultor tecnológico, Edward Snowden, reveló que la propia Agencia de Seguridad Nacional norteamericana viene espiando a millones de usuarios en las redes. Según documentación que difundió, la NSA está rastreando operaciones con las criptomonedas Bitcoin con el supuesto fin de detectar operaciones terroristas.

Sea para lo fines que fuese, el organismo penetró en lo profundo de información privada, en donde, según Snowden, obtuvo datos de todo tipo: contraseñas, usuarios de sesiones, direcciones IP y detalles de facturación de operaciones financieras.

La pregunta que nos hacemos ahora es qué pasa con los datos de los usuarios de la Argentina. Para el especialista informático Marcos Mansueti, en nuestro país el control de los mismos por parte del Estado es casi nulo.

“Lo que pasa con nuestra información en la Argentina es un delirio. Tenemos una ley de datos personales (la 25.326 sancionada en el año 2000y tenemos un organismo que brilla por su ausencia (la Agencia de Acceso a la Información Pública, cuyas dos funciones básicas son, por un lado, garantizar el acceso a la información pública en manos de organismos del Estado y, por el otro, proteger los datos personales que se encuentran en bases de datos)”.

“¿Vos ves que esto sea noticia?”, se pregunta el especialista. “Esto es un descontrol el manejo de datos en al Argentina, más allá de Facebook. Acá no se cumple nada. Ni siquiera el registro No llame. Es una pavada y no funciona. Faltan ganas de que se aplique control porque recursos hay”, sentencia Mansueti.

Como decíamos más arriba, si bien el episodio coprotagonizado por Facebook constituye un nuevo desafío tecnológico para el manejo y control de datos personales, estamos hablando más de un problemas de “humanos” que de “máquinas”; tanto por nuestra propia responsabilidad como usuarios, como la de las multinacionales tecnológicas y de los propios Estados.

Pareciera ser que dejar librado el asunto a “lo inevitable” del desarrollo de las nuevas tecnologías digitales eximiese a los responsables de crearlas y manejarlas.

Queda como última reflexión la preocupación por el manejo de nuestros datos privados encadenados con la difusión de información que nos llega a partir de esos registros personales que son nuestra huella sobre gustos, preferencias, ideología, pertenencias sociales y partidarias.

En suma, se nos realimenta la preocupación por la manipulación de la discusión pública en torno a la democracia.

Las denominadas “fake news” son un elemento clave para entender ese manoseo de información pública, que penetra en públicos poco apegados al interés por la veracidad de las mismas.

Se difunde información de dudosa procedencia que llega a usuarios de los cuales se obtuvo información propia en base a la invasión de su privacidad “cedida” por él mismo. Casi tautológico; y casi perverso. Casi inverosímil pero real; tanto más que lo que hasta ahora considerábamos auténtico, tangible. La ficción superó a la realidad y ocupó su lugar.

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