Nazis de vieja data en los Estados Unidos

En Estados Unidos es más peligrosa la ceguera política del presidente Donald Trump que el desfile violento de los nazis y supremacistas blancos, gente a la que él no cuestiona. No es ninguna novedad que en el sur profundo continúan los reivindicadores de la Confederación, sigue latente el desastre causado por la guerra civil y la vida de la comunidad negra está llena de acechanzas.

Han pasado más de 45 años desde las marchas de Martin Luther King en búsqueda de igualdad de derechos, que se les concedió finalmente pero el racismo no se ha apagado en las mismas regiones de siempre. Hasta mitad de la década del 60 los grandes y glorificados músicos de jazz negros no podían entrar por la puerta principal de los salones. La llama del desprecio sigue prendida y consigue sus víctimas en manos de la represión policial.

El 65 % de la población que llena las cárceles está integrada sólo por negros. En el resto de los Estados el liberalismo ha eliminado el término “niger” para adoptar el de “afronorteamericanos”. Aún así, la marginalidad y la desigualdad ha impactado mucho más entre los del color que entre los blancos.

Tampoco es una novedad la movida de los nazis norteamericanos. Tuvieron su época de oro en la década de los años treinta, cuando la población, en su mayoría, militaba en el neutralismo. Como el fascismo y el nazismo se expandían en Europa los norteamericanos se mantenían distantes de la posibilidad de una guerra.

Sin embargo, algunos de sus héroes nacionales no ocultaron sus simpatías por el nazismo, tras la pantalla de la neutralidad. Uno fue el as de la aviación Charles Lindbergh que visitó Alemania y proclamó su adhesión al movimiento de la cruz gamada. Otro fue Henry Ford, inventor e industrial automovilístico, autor de un libro antisemita y condecorado y hasta admirado por Hitler.

Por supuesto que también pesaban los negocios de Ford en Europa. Mandó a su hijo Edsel a que se ocupara de sus compañías en el viejo continente. En especial la planta de Poissy en Francia, que fue protegida por el Ejército Germano durante la ocupación en 1941. Las situadas en Alemania fueron bien cuidadas. Del mismo modo, los principales directivos de General Motors estrechaban vínculos con Berlín. El accionista principal era Irénée Du Pont, jefe del clan familiar que se asoció a la química IGFarben, en la que invirtió 30 millones de dólares entre 1932 y 1939. El vicepresidente de General Motors, Graeme Howard, era otro nazi declarado.

El empresario y anterior contrabandista de licores Joseph Kennedy, padre del futuro presidente de la nación John Fitzgerald, designado embajador en Londres, hizo lo imposible, junto con varios representantes de la nobleza británica de volcar adhesiones a las estrategias de Berlín. Numerosos empresarios norteamericanos del petróleo, de la química y del cine favorecieron los negocios del nazismo No hubo una creación delirante del escritor Phillip Roth cuando firmó su libro La conjura contra América . En las elecciones de 1940 el demócrata Franklin D. Roosevelt podía haber sido enfrentado por un republicano pro alemán, antisemita y racista . La admiración por Hitler ganó al establishment, a los círculos políticos y académicos (*)

(*) Columna de opinión publicada en el diario Clarín.

 

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