«Profecías autocumplidas» y el temor a quedarnos sin Mundial

En el país en el que todos son técnicos y los equipos ganan por el poderío de las cábalas, los argumentos futbolísticos y las súper estrellas siempre terminan de rodillas ante los fantasmas.

RODRIGO CALEGARI

Imaginar un Mundial de Rusia sin Argentina era hasta hace unos días un escenario impensado para cualquier argentino futbolero medio que está nervioso, pero que se sostiene en figuras de la talla de Messi o los novedosos métodos con drone con los que Sanpaoli trata de encaminar el calvario de la Eliminatoria.

Pero el empate ante Venezuela reabrió el camino de las profecías autocumplidas y con la misma velocidad con la que se oprime el boton de un control remoto pasamos de un Messi levantando la Copa a no querer estar en la piel del gerente de marketing al que se le ocurrió devolver la plata del televisor inteligente si Argentina se queda afuera de la fiesta rusa.

Y el ingenio popular no se hizo esperar: «Brasileño, brasileño, que amargado se te ve, vos chupando frío en Rusia, yo me gané una TV». El hit ya es viral en la mayoría de los grupos de whatsapp, incluido el de las «mamis» del colegio.

Se les dice profecías autocumplidas a todos los pensamientos predictivos que cuando son emitidos indefectiblemente se cumplen. Se genera tanta expectativa que a la larga –o a la corta– se pueden cumplir. O mejor dicho, se deben cumplir. Y hay dos factores que las agitan: el fantasma de Perú y la elección del estadio para el partido clave del 5 de octubre.

Sólo una vez en su historia Argentina no participó de un Mundial por méritos deportivos. En las otras tres que no participó en dos no fue invitado y en la otra se optó por no jugar.

 

 

 

 

 

La única eliminación directa fue contra Perú, tras empatar 2 a 2 en la Bombonera el 31 de agosto de 1969.  «Cejas; Gallo, Perfumo, Albrecht y Marzolini; Rulli, Pachamé y Brindisi; Marcos, Yazalde y Tarabini», los once que no pudieron sacar el pasaporte a México. Fue un partido tremendo, con un Alberto Toscano Rendo intratable. Una Bombonera repleta que latía y temblaba.

El primero Albrecht de penal. Toscano arrancó desde su campo, eludió a varios rivales, hizo una pared con Yazalde y definió con clase cuando ingresó al áera. Fue el gol de su vida pero no sirvió para nada. Argentina no llegó a México.

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Pero no todas fueron tan tremendas como aquella tarde en la Bombonera, el estadio elegido para recibir al equipo de Ricardo Gareca en la última fecha para llegar a Rusia. Los adoradores de las profecías saben que hay muchas similitudes entre aquel partido del 30 de junio de 1985 en cancha de River y el que viene.

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«Gareca no nos puede dejar afuera», dicen unos. «Gareca los dejó sin Mundial a a ellos», dicen otros. «Si no fuera por Gareca, Maradona no viajaba a México», argumentan. «El Tigre hizo rey a Diego, también puede hacer rey a Messi», se convencen. El técnico argentino, cualquiera sea el resultado, será repudiado por unos o por otros.

 

 

 

 

 

 

Gareca ya sabe lo que es probarse el traje de héroe. Porque aquella tarde en el Monumental en la que el duelo entre Maradona y Reyna había acaparado hasta las portadas de las revistas del corazón, fue él quien empujó una pelota que quedó en la línea del arco y puso el 2 a 2 que se necesitaba para clasificar. Esa tarde Argentina estuvo a ocho minutos del infierno. Passarella, autor intelectual del gol decisivo, finalmente no jugó en México por un extraño virus y el Tigre Gareca ni siquiera fue convocado entre los 23 que eligió Bilardo para su obra maestra.

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El Narigón estaba con la soga al cuello, desde la AFA y desde la política hacían fila para sacarlo del medio y poner a otro. El DT eligió a Fillol; Camino, Passarella, Trossero y Garré; Burruchaga, Barbas, Guisti; Maradona; Pasculli y Valdano. Gareca entró por Camino en el minuto 60 y 20 minutos más tarde se metió en la historia.

«El trabajo de uno, es que le vaya mal a otro», me dijo alguna vez Gareca resumiendo lo que significa ser entrenador. Viene de alguien que por sobre todas las cosas, es considerado una gran persona. Llegó a Perú y como los primeros resultados no fueron los esperados tuvo muchas resistencias. Y claro, lo primero que le recordaron fue que en el 85 por su culpa Perú no fue al Mundial de México 86.

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La patria cabulera sabe que la suerte con los peruanos casi siempre termina con viento a favor. En las puertas del Mundial de Sudáfrica y con Diego Maradona (otro personaje que se repite) un gol agónico de Martín Palermo bajo la lluvia cuando apenas faltaba un minuto para el final del partido. La profecía autocumplida en este caso sería: clasificamos sufriendo ante los peruanos y ganamos en Rusia.

 

 

 

 

Es cierto que en este partido aún quedaba otra fecha para torcer la historia. Pero el rival era Uruguay en Montevideo y había que ganarle a Perú para asegurar la clasificación sin necesidad de sufrir en la última. Maradona paró este equipo: Romero; Gutiérrez, Schiavi, Heinze, Emiliano Insúa; Enzo Pérez, Mascherano, Di María; Aimar; Messi e Higuaín. Ingresaron Palermo, Federico Insúa y Demichelis. El Loco entró para cumplir otra profecía autocumplida porque todos sabían que iba a ser él el héreoe cuando Diego lo llamó para que ingresara. Todos sabían que iba a convertir el gol decisivo.

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Falta menos de un mes para el partido más importante del año para la Selección. No será la última carta porque después tendrá una segunda chance en Quito. La tabla de las Eliminatorias Sudamericanas está al rojo vivo. «Primero hay que saber sufrir», dice el tango, esa profecía autocumplida que nos incluye a todos. Argentina a pesar de todo, sigue dependiendo de sí misma.

El traje de héroe está en la utilería de predio de Ezeiza esperando que alguien se lo ponga el 5 de octubre en la cancha de Boca. Todo un país está pendiente. No ir Rusia puede ser una catástrofe con consecuencias hasta en los comicios de octubre. Pero tranquilos porque una profecía autocumplida reza que ni la FIFA ni Rusia se van a perder a Messi para promocionar la Copa y el país. Que así sea.

 

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